La empatía no siempre consiste en sentir el dolor del otro.
A veces consiste en comprender su proceso, sin necesidad de corregirlo, acelerarlo o juzgarlo.
Cada persona se encuentra en un punto distinto del camino.
No porque sea mejor o peor, sino porque la vida nos va llevando por etapas diferentes.
Lo que hoy veo con claridad, tal vez ayer no podía verlo.
Y lo que hoy otro no comprende, quizá mañana será parte de su propio despertar.
Cuando entendemos esto, la comparación pierde fuerza y el juicio se suaviza.
Ya no miro desde arriba ni desde abajo, miro desde al lado.
Y desde ahí, puedo acompañar, aportar, aprender y también recibir.
La verdadera empatía no intenta cambiar al otro.
Respeta su ritmo, honra su lugar en el camino
y reconoce que todos estamos aprendiendo, cada uno a su tiempo.