El apego no nace del amor, sino del miedo.
Apegarse es intentar encontrar afuera aquello que aún no hemos reconocido en nosotros mismos: seguridad, valor, plenitud.
Cuando creemos que algo o alguien nos completa, comenzamos a aferrarnos, a controlar, a temer perder. Y en ese intento de asegurar la vida, perdemos la paz.
Soltar el apego no es renunciar al amor ni a los vínculos, sino aprender a relacionarnos desde la libertad interior. Cuando nos reconocemos completos, dejamos de necesitar que el otro sea distinto para sentirnos bien.
Desde ahí, el amor ya no aprieta, no exige, no condiciona.
Simplemente es.