Gran parte de nuestro sufrimiento no viene de lo que vivimos, sino de querer controlar lo que no nos corresponde.
Madurar espiritualmente no es resignarse, es discernir: saber qué está en mis manos transformar y qué necesito soltar con confianza.
Hay cosas que puedo cambiar: mi mirada, mis decisiones, mi manera de responder a la vida.
Y hay otras que no dependen de mí: los tiempos, los procesos, las respuestas de otros.
La paz nace cuando dejo de pelear con lo que no controlo y asumo con responsabilidad lo que sí me toca.
Ahí aparece una sabiduría silenciosa que no fuerza, no exige, no se defiende… simplemente descansa.
Texto bíblico para acompañar:
“Encomienda al Señor tu camino; confía en Él, y Él hará.”
— Salmo 37:5
Hoy, tal vez la pregunta no sea ¿qué más debo hacer?, sino
¿qué necesito dejar de cargar que nunca fue mío?