Durante muchos años creí que tener fe era esperar que Dios hiciera algo por mí:
que cambiara las circunstancias, que resolviera un problema, que abriera una puerta.
Sin darme cuenta, mi fe estaba sostenida por la expectativa y el deseo de control.
Con el tiempo comprendí que esa no era la fe que transforma.
La fe madura no es una espera ansiosa hacia el futuro, sino una respuesta interior de confianza en lo que Dios ya ha hecho y en el orden que Él ha establecido.
La Escritura lo expresa con claridad:
“Sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien” (Romanos 8:28).
No dice algunas cosas, ni las que entendemos, sino todas.
Psicológicamente, cuando la fe se vuelve confianza, la mente deja de luchar con la realidad.
Espiritualmente, la fe deja de pedir explicaciones y aprende a descansar.
“Fíate de Jehová de todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia” (Proverbios 3:5).
Hoy entiendo la fe como rendición consciente.
No una rendición pasiva, sino una entrega profunda a la certeza de que la vida no está equivocada conmigo.
La fe ya no espera que todo salga como yo quiero.
La fe confía en que todo lo que acontece está colaborando con mi crecimiento, aun cuando no lo comprenda.